La rotura parcial del LCA implica la discontinuidad de una parte de las fibras ligamentosas —típicamente el fascículo anteromedial (AM) o el posterolateral (PL)— preservando continuidad macroscópica del ligamento. Biomecánicamente, el LCA actúa como principal restrictor de la traslación anterior tibial y contribuye al control rotacional de la rodilla. En la rotura parcial, la pérdida de integridad de uno de los fascículos genera incremento de la laxitud anterior y rotacional proporcional al volumen de fibras dañadas, aunque la capacidad de restricción residual es mayor que en la rotura completa. Este contexto implica una ventana terapéutica conservadora más amplia, pero con riesgo de evolución a rotura completa ante cargas no controladas. La presencia de lesiones concomitantes —cartilaginosas o meniscales— incrementa significativamente el riesgo de osteoartritis post-traumática [2].
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