La rotura muscular (strain muscular de grado II-III) es la solución de continuidad parcial o total de las fibras musculares, generalmente en la unión miotendinosa o en el vientre muscular, secundaria a una sobrecarga mecánica que supera la capacidad tensil del tejido. Biomecánicamente, el mecanismo más frecuente es la contracción excéntrica de alta velocidad sobre un músculo en estiramiento máximo, condición característica de sprints, aceleraciones y cambios de dirección. Los isquiosurales son uno de los grupos más afectados en el deporte, especialmente durante la fase de desaceleración del miembro en el ciclo de carrera [2]. Los aductores constituyen otro grupo de alta incidencia en deportes de equipo con requerimientos de cambio de dirección; los factores de riesgo documentados incluyen lesión previa de la región inguinal, debilidad de aductores respecto al lado contralateral, cualquier lesión en la temporada previa y reducción del rango de rotación de cadera [6]. Desde la perspectiva de la mecanotransducción, el tejido muscular responde a la carga mecánica con adaptaciones estructurales: el entrenamiento excéntrico incrementa la longitud fascicular (MD 0,90 cm; IC 95% 0,53-1,27 cm) y la sección transversal, reduciendo la vulnerabilidad a fuerzas de alta elongación [2][7]. La arquitectura muscular —longitud de fascículos, ángulo de penación y proporción de fibras tipo II— determina en gran medida la susceptibilidad a la lesión.
La presentación clínica varía según la clasificación anatomopatológica:
En roturas de aductores, la clínica incluye dolor agudo en la cara interna del muslo con irradiación proximal, imposibilidad de aducción resistida sin dolor y equimosis en cara medial del muslo [6]. La presencia de una retracción del muñón significativa orientará hacia una rotura completa con necesidad de valoración quirúrgica [6].
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