La lesión del ligamento cruzado anterior (LCA) constituye una de las lesiones ligamentosas de mayor prevalencia en el deporte. El LCA es el principal restrictor del desplazamiento anterior de la tibia sobre el fémur y contribuye de forma significativa a la estabilidad rotatoria de la rodilla.
Aproximadamente el 55% (IC 95% 48-62%) de las lesiones de LCA en deportes de equipo son de mecanismo no contacto [6], produciéndose predominantemente en situaciones de cambio de dirección (26-70% en deportes de equipo) y aterrizaje tras salto (57-82% en deportes con juego aéreo como voleibol y balonmano) [12]. Las lesiones por contacto directo predominan en deportes de combate (53-83%) y deportes de contacto agresivo [12].
Los mecanismos específicos por deporte incluyen [12]:
La incidencia en atletas adolescentes se aproxima a 1 lesión por cada 10.000 exposiciones atlética (AE) en mujeres, siendo éstas casi 1,5 veces más propensas que los varones a sufrir una lesión de LCA [4]. La tasa global de re-lesión tras reconstrucción quirúrgica es del 15%, con un 7% ipsilateral y un 8% contralateral; en atletas menores de 25 años que retornan al deporte, esta cifra asciende al 23% [2].
Las lesiones de tipo ramp del menisco medial presentan una prevalencia del 9-24% en rodillas con insuficiencia de LCA [16], siendo frecuentemente infravaloradas en la evaluación preoperatoria.
En pacientes manejados conservadoramente sin cirugía, el 53% (IC 95% 36-70%) de los que no se reconvirtieron a cirugía mostraron evidencia de cicatrización del LCA en RM a los 2 años, asociándose a mejores resultados en KOOS-Sport/Rec y KOOS-QOL respecto a los grupos no cicatrizados o reconstruidos [15].
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