La inestabilidad crónica de tobillo (ICA) se define como la persistencia de síntomas de inestabilidad, episodios de 'giving way' y deterioro funcional más allá de 12 meses tras un esguince lateral de tobillo (ELT) inicial [2]. Se considera la evolución patológica de un ELT no resuelto y engloba dos dimensiones que frecuentemente coexisten: la inestabilidad mecánica (laxitud ligamentosa residual, alteraciones artrocinémáticas) y la inestabilidad funcional (déficits neuromusculares, propioceptivos y del control motor) [2].
Biomecánicamente, el ligamento peroneoastragalino anterior (LPAA o ATFL) es la estructura más frecuentemente lesionada en el mecanismo de inversión-flexión plantar [2]. La rotura o elongación crónica del ATFL condiciona un aumento del ángulo ATFL-PTFL en el plano axial: en pacientes con inestabilidad mecánica del tobillo (IMT) el ángulo medio es de 81,5° ± 9,8° frente a 75,2° ± 8,9° en controles, siendo este ángulo aumentado un signo indirecto de lesión crónica del ATFL [23]. Cuando el ángulo ATFL-PTFL supera los 89,4° se ha establecido como punto de corte para considerar reconstrucción ligamentosa frente a reparación [18].
Desde el punto de vista del control motor, los déficits propioceptivos y de estabilidad postural dinámica emergen como predictores clave de la evolución hacia ICA. La imposibilidad de completar tareas de salto y aterrizaje en las 2 primeras semanas tras el ELT inicial, junto con un control postural dinámico deteriorado y baja función autorreferida a los 6 meses, son factores predictores de ICA al año [16].
La presentación clínica de la ICA se caracteriza por [2][16]:
La ausencia de resolución clínica a los 12 meses del ELT inicial, con persistencia de los síntomas descritos, es el criterio temporal que define la ICA [2][16].
Las siguientes señales de alarma obligan a derivación médica urgente o reevaluación diagnóstica antes de iniciar o continuar el abordaje fisioterapéutico [2]:
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