La fractura de tobillo es una de las fracturas de miembro inferior más frecuentes, afectando a las estructuras óseas y ligamentarias de la mortaja tibioastragalina [1]. Biomecánicamente, el mecanismo lesional más común es la supinación-rotación externa (SER/Weber B), aunque también se producen por pronación-rotación externa (PRE/Weber C). La clasificación de Lauge-Hansen identifica el patrón de lesión secuencial según la posición del pie y la dirección de la fuerza rotacional, lo que determina el grado de inestabilidad de la mortaja [21].
Aproximadamente el 20% de las fracturas de tobillo presentan lesión asociada de la sindesmosis tibioperonea distal, que requiere estabilización quirúrgica [3]. Además, existe una incidencia alta de lesiones osteocondrales (OCL) concomitantes: hasta el 45% de las fracturas de tobillo valoradas inmediatamente tras el trauma presentan OCL, siendo el astrágalo la localización más frecuente (43% de todos los OCL), con mayor incidencia en fracturas de tipo rotacional [9]. Esta asociación es clínicamente relevante porque explica, en parte, los resultados funcionales subóptimos observados en el seguimiento a largo plazo [9].
Desde el punto de vista epidemiológico, los hombres tienen entre 1,8 y 2,8 veces más riesgo de sufrir fracturas agudas que las mujeres en contexto deportivo, con el mayor riesgo durante la competición [2].
La presentación clínica habitual incluye:
¿Has detectado un error clínico o una referencia obsoleta?