La fractura de rótula representa aproximadamente el 1% de todas las fracturas del esqueleto humano [3]. La rótula es el hueso sesamoideo de mayor tamaño del cuerpo, integrado en el aparato extensor de la rodilla entre el tendón cuadricipital proximalmente y el tendón rotuliano distalmente. Su integridad estructural es esencial para la transmisión eficiente de las fuerzas del cuádriceps hacia la tibia, aumentando el brazo de palanca del mecanismo extensor hasta en un 30-50%.
Biomecánicamente, las fracturas rotulianas pueden producirse por dos mecanismos principales: (1) mecanismo directo — traumatismo de alta o baja energía sobre la cara anterior de la rótula (caída directa, impacto de parachoques), que genera predominantemente fracturas conminutas o en estrella; (2) mecanismo indirecto — contracción violenta y excéntrica del cuádriceps con la rodilla en semiflexión, que provoca fractura transversa con desplazamiento, comprometiendo la continuidad del aparato extensor.
Las fracturas con desplazamiento > 2–3 mm o con incongruencia articular interrumpen la superficie articular femoropatelar y comprometen el mecanismo extensor activo. La fractura osteocondral rotulianas es también una complicación reconocida tras luxación traumática de rótula [4]. Existe evidencia de certeza moderada de que las fracturas de rótula aumentan las probabilidades de desarrollar osteoartritis sintomática de rodilla a largo plazo [1].
Contextualmente, la fractura de rótula puede presentarse como complicación quirúrgica tras reconstrucción de LCA con injerto de tendón cuadricipital (incidencia estimada del 2,2% en esa población específica) [6], o como complicación postoperatoria tardía en artroplastia total de rodilla (ATR) [7].
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